sábado, 30 de noviembre de 2019

Suflé de chocolate con helado de caramelo elhuffingtonpost

Si eres amante del dulce vas a relamerte...


A. M.
Para el helado de caramelo y canela:
  • 2lt litros leche entera
  • 25cl de nata líquida
  • 400g de nata montada
  • 350g de yema de huevo líquida
  • 350g de azúcar para yemas
  • 800g de azúcar para caramelo
  • 3 ramas de canela + 20g de canela en polvo
Hervir la leche con la nata líquida, la canela molida y las tres ramas de canela durante 5 minutos. Apagar el fuego. Hacer un caramelo en seco y una vez hecho, incorporarlo a la leche. Montar las yemas con los 350g de azúcar hasta que doblen su volumen. Incorporar la mezcla para elaborar una crema inglesa. Una vez hecha la crema inglesa, dejar enfriar al baño María frío y, una vez fría la crema, incorporar la nata montada, mezclar bien y llevar a la sorbetera.
Para el suflé:
  • 300g de chocolate negro 70% de cacao en lágrimas
  • 300g de mantequilla
  • 180g de azúcar blanca
  • 400g de yema de huevo
  • 3 claras de huevo
Pintar de aceite los moldes donde se van a hacer los suflés y congelar para que queden bien forrados. Montar las yemas y el azúcar en la batidora dándole ligeramente calor a la cubeta con un soplete, para que la yema quede bien blanqueada y suba el doble de su volumen. Sacar la cubeta de la batidora.
Fundir lentamente el chocolate con la mantequilla al baño María y dejar enfriar hasta unos 30º C. Verter en hilo el chocolate sobre las yemas y mezclar suavemente. Batir y mezclar con cuidado las claras semi montadas con el chocolate etc. Sacar del congelador los moldes untados y volver a darles otra capa de aceite con el spray. Llenar los moldes de la mezcla de suflé con la ayuda de una manga de plástico hasta ¾ partes. Meter en el congelador 3 minutos y hornear a 200ºC durante 7/8 minutos.

Me quedé viuda por sorpresa a los 29 y luego descubrí las infidelidades de mi maridoelhuffingtonpost

No está bien visto que las viudas encuentren la felicidad. Es como si nuestro derecho a ser felices hubiera muerto con nuestros cónyuges.

Por
Robyn Woodman, Contributor

MEI RATZ
Trato de reprimir el repentino pánico que me invade cuando veo a un grupo que hay dos mesas más allá.

Mi novio está sentado a mi lado, aplaudiendo y animando mientras nuestro amigo berrea una apasionada y desafinada versión de Rocket Man. Sin darse cuenta de la actuación circense que está teniendo lugar en mis tripas, se une a los coros de la multitud. Me alivia que esté distraído. Necesito un momento para pensar en un plan.

Después de siete meses aprendiendo a gestionar las situaciones más incómodas imaginables, alcanzo el nivel profesional. Ni luchar a diario contra mi compañía hipotecaria ni sonreír con amabilidad durante conversaciones que me dan ganas de arrancarme el pelo a puñados son situaciones suficientemente graves para sacarme de quicio.
Pero esta situación es diferente. No hay ningún límite profesional. Se me crea un nudo en el estómago y me arriesgo a mirar el rostro familiar que hay dos mesas más allá. Su mirada se cruza con la mía y su rostro refleja su molestia. El terror me mantiene atornillada a mi asiento. Tengo demasiado miedo para huir por si me agarra del brazo al pasar a su lado, pero estoy demasiado histérica como para fingir que todo va bien.

Porque no va bien. Nada bien. Estoy en medio de una cita mirando al mejor amigo de mi difunto marido.

Las miradas amenazantes provienen de Tim, el antiguo compañero de cuarto y compañero de buceo de mi difunto marido. Parece borracho y nada feliz de verme ahí, entre perplejo y enfadado. No puedo decir que le culpe por ello; visto desde fuera, me he quedado viuda hace poco y me lo estoy pasando bien con un desconocido. Sin embargo, el estado social de Facebook “Es complicado” ni se acerca a describir lo que he tenido que soportar.

“Estoy demasiado histérica como para fingir que todo va bien. Porque no va bien. Nada bien”


No soy una viuda convencional. Para empezar, soy joven, solo tengo 29 años. Además, mi duelo no está definido por la tristeza de la pérdida, sino por la rabia de la traición. Cuando Max murió hace 7 meses, nuestro matrimonio iba mal. De hecho, jamás debería haber aceptado su petición de mano, pero ese barco zarpó dos años atrás, cuando se arrodilló. Habíamos pasado ya por una sesión de terapia de pareja y teníamos otra pendiente, pero sabía que no íbamos a superar esta tormenta.

Cuando pienso en mi matrimonio y en lo que sucedió, mi cerebro empieza a crear metáforas marítimas. No es nada extraño teniendo en cuenta que Max murió el día de Acción de Gracias del año pasado en un accidente de buceo. Irónicamente, era uno de los profesionales más reconocidos de su sector. Solo tenía 30 años.

Todas las viudas comparten ciertas experiencias. Se nos graba en la mente aunque no lo queramos el recuerdo detallado del día en el que nuestro estado social cambió. El tiempo pesa más, como si te arrastrara al fondo del mar, te cuesta más moverte y cuando lo haces, lo haces despacio. Los días se convierten en fragmentos de personas que flotan y se van en silencio. Nuestros dedos no dejan de llamar por teléfono para dar la noticia y, en mi caso, seguir llamando sin pausa para no tener que pensar. Porque ahí radicaba el peligro, en las pausas.

Esos momentos nos unen a todas las viudas, nos guste o no. Nora McInerny lo explica claramente en su libro The Hot Young Widows Club: “Sentimos mucho que estés aquí, pero nos alegra que nos hayas encontrado”. El segundo golpe que recibí poco después de la muerte de Max me permitió acceder a un grupo mucho más selecto y menos deseable, aunque es más numeroso de lo que la gente se piensa.

“Mi duelo no está definido por la tristeza de la pérdida, sino por la rabia de la traición”

Al final de un matrimonio, ya sea por fallecimiento o por divorcio, los secretos salen a flote independientemente de lo mucho que deseemos que permanezcan sumergidos. La gente siempre me pregunta cómo lo he descubierto, con la voz teñida de incredulidad o de curiosidad descarada.

En mi caso, fueron seis semanas. Seis semanas sintiéndome avergonzada, triste y responsable por la muerte de Max. Una tristeza que cargaba a mi espalda por haber dado a conocer que había dudas en nuestro matrimonio. Por tener un pie fuera de un matrimonio que en el fondo sabía que no iba bien desde el principio. Seis semanas preguntándome si nuestros problemas matrimoniales lo habían distraído cuando estaba buceando. Seis semanas de culpabilidad por el alivio de ahorrarme un divorcio infernal en el que Max estaba pagando el precio máximo.

Y aquí llega el secreto desagradable: Max me ponía los cuernos desde el día en que nos conocimos. Teníamos citas juntos y él tenía citas por su cuenta. Nos prometimos y él seguía teniendo citas por su cuenta. Nos casamos y él no dejó atrás su prolífica vida sexual. Todo sin saberlo yo. No fue hasta que un amigo me llamó por teléfono a las seis semanas de duelo y me dijo: “Si supiera algo malo sobre Max, muy muy malo, ¿querrías que te lo contara?”. Respondí que sí sin dudarlo. Y entonces vomité.

Empecé una exhaustiva investigación en su móvil. Pasé días encorvada sobre el escritorio con una pila de papeles y un subrayador amarillo. Cuando empezó a haber más amarillo que blanco, empecé a investigar miles de correos y fotografías para relacionar fechas y quedadas de las que yo no tenía ni idea. Un correo enviado justo antes de salir de trabajar. Mensajes de texto recibidos en mitad de la noche y posteriormente eliminados del móvil.

“Max me ponía los cuernos desde el día en que nos conocimos. Nos casamos y no dejó atrás su prolífica vida sexual”



El abismo entre la clase de duelo que estaba sufriendo y el que la gente creía que estaba sufriendo era enorme. Mi psicólogo definió mi duelo como “complicado”. Estaba furiosa y alimentaba mi rabia descubriendo hasta el más mínimo detalle.

Cada vez que descubría a una nueva mujer con la que me había puesto los cuernos me pegaba al teléfono para llorar y maldecir el nombre de mi difunto marido con mis amigos. Mi vida se había convertido en una telenovela: el marido le pone los cuernos a la esposa, el marido muere y la esposa tiene que afrontar la realidad de las muchas mujeres con las que él le fue infiel.

Pero pese a mi cabreo, estas terribles verdades rara vez salen a la luz. La sociedad sigue pensando que no debemos hablar mal de los muertos, lo que hace casi imposible que la gente pueda contar sus experiencias con las imperfecciones de personas muertas. Yo acaté esa convención.

Por respeto a su familia y por la vergüenza de haber sido engañada, decidí contárselo solamente a mis allegados. Así, quienes quisieron seguir guardando duelo por Max pudieron mantenerle en un pedestal. Aunque funcionó para ellos, a mí me supuso un alto coste.

Desarrollé un intenso reflejo nauseoso y ni siquiera era capaz de lavarme los dientes rápido sin vomitar. La verdad aguardaba al fondo de mi garganta y me castigaba así por no liberarla.

“Pese a mi cabreo, estas terribles verdades rara vez salen a la luz. La sociedad sigue pensando que no debemos hablar mal de los muertos”


Siete meses después de la muerte de mi marido, aquí estoy, sentada con mi novio en un bar intentando retomar una vida normal, y ahí está el mejor amigo de mi difunto marido, borracho con sus amigos y mirando a la viuda de su amigo traicionándolo con otro hombre. Pero yo sé algo que Tim no sabe. O peor, quizás lo sepa y le dé igual.

Rocket Man se acerca a su apoteósico final justo cuando he decidido que hace falta un cambio de escenario. Aunque he sido abierta y transparente con mi novio, hay una gran diferencia entre oír hablar de un marido muerto y que su existencia te golpee en la cara un sábado por la noche. Tim no parece pensar con claridad y lo último que quiero es armar un escándalo.

Me acerco a mi novio y le digo por qué tenemos que irnos mientras hago lo posible por mantener mi vergüenza a raya, aunque por dentro estoy muerta de vergüenza. Tener citas siendo viuda no es algo demasiado atractivo. Además, quiero proteger mi relación de aquellos que no conocen la versión completa. Por suerte, mi novio es un tío comprensible en el que puedo confiar.

Me coge de la mano y conseguimos salir de la mesa dando un rodeo hacia las escaleras traseras sin tener que pasar junto a Tim. No necesito verle para saber que sus ojos inyectados en sangre no han dejado de mirarme ni para parpadear. No sabría decir si fue el peso de su mirada o la vergüenza lo que más tardó en abandonarme.

“Ahí está el mejor amigo de mi difunto marido, borracho con sus amigos y mirando a la viuda de su amigo traicionándolo con otro hombre”


Salimos a la calle y terminamos de pasar la noche en un bar al otro lado de la manzana. Aunque me alegro de que no haya pasado nada, tardo semanas en volver a sentirme cómoda de nuevo. Max se me aparece en cada esquina durante meses. Años.

En general, no está bien visto que las viudas encuentren la felicidad. La comunidad que las rodea dicta y determina lo que es un comportamiento “apropiado” en una línea temporal que no está escrita y que debemos seguir. Si nos desviamos de esta línea, nos juzgan sin mucho disimulo y, en ocasiones, con manifiesto desprecio. Es como si nuestro derecho a ser felices hubiera muerto con nuestros cónyuges; si tratamos de resucitarlo demasiado pronto, nos estigmatizan.

Al final, llegué a un punto en el que dejé de sentirme como si fuera a encontrarme a algún conocido y, cuando se daba el caso, las situaciones incómodas se volvieron llevaderas. En vez de achicarme con las manos sudorosas y un doloroso pálpito en el pecho, respiraba hondo varias veces y cuadraba los hombros. Progresos.

Ahora, con 42 años y con el tiempo de mi lado, echo la vista atrás. Con todos estos sucesos en el retrovisor, me resisto al impulso de criticar mis decisiones. Me gustaría pensar que si volviera a pasar por ello sacaría la verdad a la luz en vez de tragármela hasta atragantarme, pero tal vez no lo hiciera. Tal vez sería demasiado para mi yo de 29 años, una mujer perdida que braceaba desesperadamente para seguir a flote tras el naufragio. No hacía nada malo, hacía lo que podía.

He acabado entendiendo y valorando lo que me pasó, la presión interna y externa de ser una viuda joven en aguas inexploradas y traicioneras. Guardo mucho amor y perdón hacia mi versión más joven, y también mucha gratitud, porque sin ella, no sería quien soy hoy, una mujer felizmente casada y (casi) libre de metáforas marítimas.

viernes, 29 de noviembre de 2019

¿Perjudican las pantallas nuestra salud? elhuffingtonpost

¿Nos estamos quedando miopes?

Por
The Conversation, Contributor

PAULA DANIËLSE VIA GETTY IMAGES
Por José Ramón Alonso Peña, catedrático de Biología celular. Neurobiólogo., Universidad de Salamanca:

El síndrome del túnel carpiano, la rizartrosis, la tendinitis de De Quervain, el dedo en resorte y la lesión del nervio cubital son dolencias con una causa común: el tiempo dedicado a los aparatos electrónicos. Podemos sumar el dolor cervical, contracturas en trapecios y alguna otra molestia similar. Si añadimos los supuestos perjuicios que los dispositivos digitales ocasionan a nuestra salud mental, el uso de pantallas hace saltar todas las alarmas.

Escuchamos dudas sobre el uso de móviles y tabletas en las salas de profesores, foros pedagógicos, charlas especializadas, en el mercado y hasta en las sobremesas. Sin embargo, los problemas derivados de las pantallas se dividen en dos tipos: los reales, de soluciones sencillas, y los infundados, de los que no hay que preocuparse.
Vigilemos nuestras postura
Los dolores en cervicales al bajar la mirada hacia una pantalla sostenida con las manos se deben a la tensión en la parte superior de la espalda. El cirujano Kenneth Hansraj, del New York Spine & Rehab Medicine, afirma que dejar caer la barbilla 60 ⁰ equivale a hacer que la columna soporte 12 kilogramos adicionales.

Además, largos períodos de tiempo clicando y deslizando el pulgar por la pantalla o sosteniendo esta con un agarre incómodo pueden provocar lesiones como las enumeradas al comienzo del artículo.

Para evitar estos problemas debemos ser cuidadosos con nuestra higiene postural. Para ello debemos relajar las tensiones de la mano en la medida de lo posible; mantener la cabeza formando un triángulo con los hombros, con la coronilla dirigida al techo; alejar los hombros de las orejas para no cargar la espalda. También, aunque parezca difícil, ser conscientes de nuestra postura.

Otra cuestión a tener en cuenta es que jugar a videojuegos de manera compulsiva puede reducir la sensibilidad al dolor, lo que significa que podríamos hacernos daño sin darnos cuenta. La acción del juego es tan trepidante o la ansiedad por superar un nivel nos tiene tan absortos que seguimos jugando sin atender a las molestias que podamos sentir. Por esto es conveniente hacer descansos regulares, en particular si nos encontramos doloridos o cansados.

La luz azul nos mantiene despiertos
Nuestras pantallas emiten mucha luz azul. Los LED, que son las fuentes de luz de todas las pantallas, emiten en las longitudes de onda correspondientes a la luz visible, por eso vemos todos los colores, pero tienen un pico entre los 400 y los 490 nm que se corresponde con dicho color.

Esta interfiere en la producción de la melatonina, que es la hormona reguladora del sueño. Cuando los ojos reciben la luz del Sol, que tiene luz azul entre todas las del espectro visible, se inhibe la producción de melatonina en la glándula pineal y nos mantenemos activos.

Cuando no llega luz a los ojos se produce melatonina, que nos indica que es la hora de ir a dormir. La luz azul emitida por los LED, al igual que la luz solar, reduce la producción de melatonina y esto puede dar lugar a cambios en nuestros ritmos circadianos y causar insomnio. Además, puede disminuir nuestro estado de alerta a la mañana siguiente y repercutir en el rendimiento, la salud y la seguridad.

La solución más sencilla es apagar nuestras pantallas al menos una hora antes de acostarnos. Si esto no es posible, una alternativa es bajar el brillo de nuestros móviles o utilizar una aplicación diseñada para disminuir la emisión de luz azul. Si somos capaces de abandonar por un rato nuestras pantallas también podemos leer en papel o escuchar un audiolibro.

Cuidado con el sedentarismo
Otra consecuencia evidente del uso de pantallas es que fomentan hábitos sedentarios. Un estudio publicado en 2011 concluyó que pasar horas sentado frente a una pantalla está relacionado con una mayor mortalidad y riesgo cardiovascular, con independencia de la actividad física realizada. El mecanismo puede estar relacionado con factores de riesgo inflamatorios y metabólicos.

Las personas que pasaban más de dos horas al día frente a las pantallas tenían más del doble de probabilidad de sufrir enfermedades cardiovasculares, aún sin tener en cuenta otros factores de riesgo comunes como el tabaquismo, el sobrepeso o un bajo nivel socioeconómico. Por lo tanto, es conveniente hacer ejercicio para contrarrestar esto.

¿Nos estamos quedando miopes?
Nos podemos preguntar también sobre el efecto en nuestros ojos al mirar de forma continuada una pantalla. En los últimos años más niños han tenido que utilizar gafas en Reino Unido, según un estudio del Royal College of Paediatrics and Child Health.

Esto ha llevado a buscar relaciones entre los móviles y las gafas, pero no hay nada concluyente. Sí puede hablarse de condiciones de lectura inadecuadas como mirar la pantalla en oscuridad total con el ajuste de brillo alto, forzar constantemente la acomodación de nuestros ojos por falta de contraste, no atender al lagrimeo u otro tipo de molestia ocular y continuar mirando la pantalla. Por ello, es conveniente descansar la mirada en un punto lejano cuando notemos cansancio y utilizar gafas de la graduación que necesitemos.

Las pantallas no nos vuelven tontos
Vamos con la pregunta del millón: ¿y el impacto del tiempo de pantalla en nuestros cerebros? Kathryn Mills del University College de Londres ha revisado los estudios hasta la fecha y no ha encontrado evidencia de que el uso de dispositivos electrónicos tenga un impacto en el desarrollo cognitivo.

Nuestro cerebro siempre está cambiando, es tan plástico que se reestructura y modifica sus redes neuronales cuando aprende. Se adapta cuando navegamos por internet, con un juego nuevo, con la búsqueda de nuestro próximo lugar de vacaciones, cuando leemos y enviamos mensajes por WhatsApp. Nada de eso es perjudicial para nuestro cerebro.

Un órgano tan complejo y flexible, tan fascinante y dispuesto a aprender, es capaz de integrar entre sus funciones las que llevamos a cabo con nuestros dispositivos electrónicos. Al revés, si tuviéramos que volver a vivir sin internet, nuestras redes neuronales serían capaces de reestructurarse y buscar recursos en la nueva situación.

Cada época genera sus miedos y una nueva tecnología de gran impacto siempre da lugar a nuevos temores. La aparición del ferrocarril hizo temer a algunos médicos que los pasajeros morirían asfixiados si viajaban a velocidades superiores a 32 kilómetros por hora. En 1941 se publicaron en prensa varios artículos que lamentaban que los adolescentes en los Estados Unidos empezaban a ser adictos a los programas de radio. Si sustituyéramos la palabra radio por redes sociales, probablemente podríamos publicar los mismos artículos hoy.

Entonces, si nos satisface el uso que hacemos del tiempo de pantalla, si aprendemos, nos entretiene, nos pone en contacto con otras personas o cualquier otra actividad que nos guste, no hay motivo para dejar de utilizar estos dispositivos. Hay que ser muy prudentes al valorar opiniones sobre el daño que esta tecnología digital causa a nuestro organismo, ya que la mayor parte de ellas no están fundamentadas.

Los titulares más dramáticos y alarmantes son a menudo los menos fiables. Muchas veces esperamos que la información corrobore nuestras creencias y nuestros prejuicios. Nos parece que nuestros hijos adolescentes, nietos, alumnos y nosotros mismos debemos moderar el tiempo de uso de las pantallas, pero no tenemos argumentos sólidos para apoyar esa exigencia.

Narcisismo digital
¿Cómo evaluar el cambio que ha supuesto en nuestra sociedad el acceso a dispositivos electrónicos? Las grandes compañías tecnológicas son expertas en aprovechar nuestra necesidad de reconocimiento social. Así nos enganchan a los “me gusta”, retuits y seguidores. Todas estas esclavitudes que arrastramos como internautas han creado una cultura de narcisismo masivo que puede ocasionar problemas si esas redes no cumplen nuestras expectativas.

Tenemos también que prestar atención al estrés emocional de los adolescentes en un mundo hipersocial. Sin embargo, las redes sociales pueden ser una más entre un cúmulo de variables a tener en cuenta en el entorno de estos jóvenes. Sin investigaciones controladas y fiables, es difícil obtener conclusiones significativas.

Una herramienta para profesores
Tenemos que valorar positivamente que las pantallas, además de entretenimiento, nos proporcionan amplias redes sociales, escaparates, bancos y álbumes de fotos, los servicios más sofisticados y las ventanas más indiscretas. Usamos estos dispositivos para jugar y para trabajar, para registrar la actividad física y controlar el sueño. Podemos consultar los artículos de las mejores revistas científicas, hacer una consulta fiscal y seguir la boda de nuestra mejor amiga en streaming. Todo es tiempo de pantalla.

Como educadores, tenemos una herramienta muy atractiva a la que sacar partido en el aula. El móvil puede utilizarse como calculadora, como buscador muy eficaz de información, como refuerzo de lo aprendido en clase con apps como Kahoot y Socrative. Incluso podemos ampliar temas con fantásticos youtubers que hablan de ciencia y filosofía. También con excelentes booktubers que animarán a nuestros alumnos a leer.

Asumir el uso del móvil como un aliado podría limar tensiones entre docentes y alumnos, siempre desde un respeto mutuo y una guía por parte del profesor.

Los dispositivos electrónicos también son útiles como recursos para atender la neurodiversidad. Personas mayores, con discapacidad intelectual o auditiva, alumnos con dislexia o TEA o algún pequeño resto visual o movilidad reducida… La lista de gente que puede beneficiarse del acceso a la información, ocio e integración con otros es grande.

Muchos no somos capaces de alejarnos demasiado de nuestro móvil. El riesgo de distracción es real, pero oímos hablar de adicción con demasiada ligereza y debemos ser cuidadosos. En realidad no hay respuesta para estimar el impacto en la salud asociado al número de horas diarias en línea.

Por lo tanto, la mejor opción para utilizar con sensatez las pantallas es preguntarse si nos impiden llevar a cabo otras alternativas que nos animen a aprender, a relacionarnos, a tener información fiable, a admitir otros puntos de vista. En definitiva, a mejorar el mundo en que vivimos. Tenemos que pensar que esta tecnología va a acompañar de manera cotidiana la vida de nuestros jóvenes y la nuestra propia. Por lo tanto, quizá la mejor estrategia sea hacer de la pantalla nuestro aliado y no nuestro enemigo.

Por qué no siempre ayuda que le digas a una persona con ansiedad que respire elhuffingtonpost

Serás mucho más útil en un momento de ansiedad si no le dices qué tienes que hacer.

Por
Ali Drucker

Si alguna vez has ido a terapia o has sufrido ansiedad o estrés, probablemente comprendas la importancia de concentrarte en la respiración. Respirar hondo puede ayudar a ralentizar y controlar tu ritmo cardíaco y calmar tu mente.

Pero solo porque los ejercicios de respiración ayuden a algunas personas no quiere decir que sean la estrategia perfecta para todo el mundo en esas situaciones. Esto es lo que opinan los psicólogos sobre por qué decirle a la gente con ansiedad que respire no siempre sirve de ayuda:

Puede sonar condescendiente o como una forma de desestimar sus sentimientos
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Cuando te encuentras en plena espiral de pensamientos negativos, si alguien te dice que respires, aunque sea con sus mejores intenciones, sientes que está quitándole importancia a tu problema. La psicoterapeuta Melissa Fisher Goldman señala que mucha gente reacciona de forma ingenua cuando otra persona tiene ansiedad y cree que así está ayudándole.
“A veces, cuando una persona tiene ansiedad, no es el mejor momento para decirle: ‘Respira hondo’”, advierte Goldman. “Estás dando por hecho que no debe sentirse así y que se tiene que calmar, como si fuera tan fácil. Puede que esa persona no esté preparada para calmarse o quizás ni siquiera desea dejar de sentir lo que está sintiendo”.

Esto es especialmente importante de recordar con estados estigmatizados como es la ansiedad, ya que puede avergonzar a alguien por sentir una emoción válida. Además, que te metan prisa para suprimir una emoción tiene secuelas inesperadas.

“Debemos asegurarnos de que procesamos y aceptamos las emociones que sentimos. Cuando apartamos un sentimiento, tiende a volver más fuerte en otro momento”, apunta Goldman.

Quizás solo estés agravando su ansiedad
La ansiedad tiene una naturaleza cíclica y los pensamientos negativos se alimentan entre sí. “Supón que dices: ‘Respira hondo y se te pasará’, que esa persona te hace caso y no se le pasa. ¿Entonces qué?”, plantea la psicóloga Racquel Jones.

“Lo que ocurre con la ansiedad es que si ves que lo que has intentado no te funciona, te pones a pensar: ‘Nada me sirve de ayuda, así que todo me va a ir mal’ y caes en una espiral de pensamientos negativos”, añade Jones.

Respirar hondo tal vez no sea la mejor técnica de respiración para esa persona
Hay muchas formas de respirar para relajar tu cuerpo y tu mente, ya que, como dice Goldman, “no todas las formas de respirar funcionan con todo el mundo”. Así como a unas personas les viene bien respirar hondo, a otras, no.

Goldman añade que algunos prefieren la “respiración contada”, en la que inspiras contando hasta tres, aguantas la respiración contando hasta uno y sueltas el aire contando hasta cinco. A otras personas les funciona mejor inspirar por la nariz y espirar por la boca o viceversa. Además conviene practicar esas técnicas con un terapeuta.

Tal vez esté en una situación en la que respirar hondo no le sea de ayuda
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Jones señala un caso práctico en el que el consejo de “tú respira” no es de ayuda: cuando alguien tiene ansiedad por conducir o por hacer una actividad que requiera su plena concentración por motivos de seguridad.

Goldman sostiene que controlar la respiración requiere de mucha concentración. La idea es pensar solo en tu respiración para calmar tu mente y distraerte de la ansiedad. Sin embargo, si lo que provoca tu ansiedad es el propio hecho de conducir, no puedes centrarte en esos ejercicios mientras te concentras en la conducción. Si te concentras en la respiración, es posible que te saltes un semáforo en rojo o que te distraigas en la carretera.

Jones indica que, para ello, tendrías que detener el coche para hacer tus ejercicios de respiración. ”¿Qué otra cosa puedes hacer? Estás en la carretera, así que debes prepararte antes incluso de entrar al coche”.

Quizás no seas tú quien debe decírselo
“A menudo pienso que lo que sucede cuando alguien le dice a un amigo que respire es que está empezando a sentir su ansiedad”, opina Goldman. Si tú mismo estás con ansiedad o en un estado mental alterado, probablemente tampoco puedas calmar a otras personas en la misma situación.

“Si otras personas van a recomendarle a alguien que respire, también ellas deben ser capaces de hacerlo”, prosigue Goldman. Tu relación con la persona a la que intentas ayudar también importa. Quien sufre ansiedad no solo tiene que estar dispuesto a aceptar ayuda, sino que también hace falta que tengan confianza entre ellos.

¿Qué puedes hacer cuando un ser querido sufre mucha ansiedad?
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Todo esto no quiere decir que los ejercicios de respiración no sean herramientas importantes para controlar la ansiedad. Goldman explica que si alguien está sufriendo un ataque de pánico y está hiperventilando o tiene problemas para conseguir oxígeno, ayudarle a respirar es crucial.

Sin embargo, si decirle a alguien que respire hondo no es suficiente, hay muchas otras formas de mostrarle tu apoyo. Goldman sugiere algo tan simple como decirle a esa persona que estás ahí a su lado para lo que necesite o preguntarle si quiere que intentéis respirar juntos (en vez de ordenarle que respire). Jones afirma que escribir un diario también es una forma efectiva de lidiar con la ansiedad.

“Yo también hago ejercicios de relajación. Cierra los ojos, coloca las palmas en las rodillas e intenta meditar o visualizar que estás en un lugar tranquilo”, recomienda Jones.

Si puedes ayudar a otra persona sin decirle lo que debe hacer, serás mucho más útil en un momento de ansiedad.

Todo lo que puedes saber por la posición de la cola de tu perro elhuffingtonpost

Que mueva el rabo no siempre significa alegría.

Por
Marina Prats

Los perros están constantemente moviendo la cola. Cuando salen de paseo, cuando ven comer a su dueño, cuando se encuentran con otro perro e incluso cuando algo no les gusta demasiado.

A grandes rasgos, podría decirse que los movimientos rápidos de cola quieren decir felicidad, y dejar el rabo rígido con el miedo. Pero no es tan sencillo. Los canes dicen mucho más con la cola de lo que se cree. Ni todos los movimientos son de felicidad, ni tampoco quiere decir lo mismo que el movimiento sea hacia la izquierda o hacia la derecha.
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Los movimientos indican qué quiere decir, pero la longitud dice mucho de cómo es el animal. Los perros con el rabo más corto son menos sociables que los que lo tienen largo. Si el animal tiene la cola corta o se le ha cortado por razones estéticas —algo prohibido en España desde febrero de 2018— puede tener problemas para socializar, según señalan la etóloga Alba Benítez de la web Simiperrohablara.com como los investigadores del comportamiento animal Stephen Leaver y Thomas Reimchen de la Universidad de Canadá. Los de cola corta, Benítez señala que se tratan de compensar esta diferencia con sonidos como gruñidos o ladridos. Por su parte, Leaver y Reimchen demuestran en su estudio que los animales con el rabo cortado crecen son más agresivos.
Para comprender un poco más a estos compañeros peludos, esta guía da las claves sobre las señales que mandan a los dueños a través de su rabo.

Hacia arriba: alerta, estrés o agresividad
Colocar la cola recta del lomo hacia fuera o hacia arriba puede tener múltiples significados en función de varios factores y posturas. “En general, las colas altas indican seguridad, aunque hay varios matices”, apunta Benítez, autora del libro sobre lenguaje canino Si mi perro hablara. El significado concreto lo dan otras partes del cuerpo.

Por ejemplo, si tiene la cabeza levantada y la cola con la punta hacia arriba quiere demostrar su autoridad y marcar territorio, de forma relajada; si, por el contrario, tiene el cuerpo tenso, las orejas hacia arriba y el rabo recto del lomo hacia afuera es probable que esté estresado, presionado y llegue incluso a ladrar y atacar. “Hay que tener cuidado porque una cola estática pero en tensión puede indicar que el perro está en alerta”, detalla la etóloga.
Movimiento y posición de las colas de los perros y emociones.
La forma de la cola también da algunas señales sobre sus intenciones. Si la punta está como enroscada hacia dentro quiere decir confianza y autocontrol y, generalmente, se muestra apacible.

En movimiento: ¡ojo a la velocidad y a la dirección!
Un perro que mueve el rabo es un perro feliz. Esto ocurre si estos movimientos son amplios o forman círculos, según indican en Mundo Animal. Esto querrá decir que el perro está contento, con ganas de jugar o excitado porque, por ejemplo, ha llegado su dueño, va a salir de paseo o va a comer.

“Los perros mueven la cola cuando están contentos, pero también cuando siguen un rastro o cuando están acorralando a una presa. Además, el movimiento de cola o, simplemente, el gesto de levantarla, les ayuda a transmitir el olor de las feromonas de las glándulas anales”, apunta Benítez. Pero, al igual que sucede cuando tienen el rabo quieto, el movimiento no siempre significa lo mismo. Y, sobre todo, no siempre es sinónimo de felicidad.

“El movimiento de la cola suele estar relacionado con el grado de excitación del perro. Un perro nervioso moverá la cola más y más rápido que un perro relajado”, explica Benítez en su libro y apunta que si estos movimientos son cortos y rápidos quiere decir que el animal está en tensión y puede que sea una señal de ataque o una huída inmediata.
Más allá de la velocidad, otro factor a tener en cuenta para conocer el estado de ánimo del animal es la dirección hacia la que dirige la cola. Este movimiento estaría relacionado de forma inversa con los hemisferios cerebrales del perro: el izquierdo asimila las reacciones positivas, mientras que el derecho lo hace con las negativas.

De esta forma, según establece un estudio publicado en la revista Current Biology en 2007: si mueve la cola hacia la derecha se debe, generalmente, a un estímulo positivo como jugar con su dueño o salir a pasear; mientras que si lo hace hacia la izquierda puede deberse a momentos de tensión como encontrarse con otro perro dominante.

Entre las piernas: relajación, miedo o agresividad
Que el perro meta el rabo entre las piernas es una de las posiciones más conocidas y quiere decir, en general, que algo no va bien. Tal y como indica Benítez, las colas bajas reflejan inseguridad y miedo, por lo que, en algunos casos, sobre todo si se combina con un lomo erizado y curvado, puede significar también un ataque inminente.
El objetivo de esta postura, según señalan en Mundo Animal, es contener las feromonas que segregan por la vía anal e intentar pasar desapercibidos. En algunos casos, cuando se acompaña con temblores, puede significar otra necesidad fisiológica como que tiene frío o que se encuentra mal.

Si el perro mueve el rabo en una posición baja puede que el animal que tiene cerca le genere desconfianza. Para diferenciarlo, tal y como señalaba el estudio de 2007, ayuda ver la velocidad y si va hacia la izquierda o hacia la derecha, o si se acompaña de otras expresiones como gemidos, gruñidos o enseñar los dientes.

jueves, 28 de noviembre de 2019

¿Hay que lavar los huevos o no? Un experto da la respuesta definitiva elhuffingtonpost

La eterna gran pregunta.


GTRES Huevos
Es una de esas preguntas que sobrevuelan las cocinas de miles de personas y que pocas veces tienen una respuesta clara: ¿hay que lavar los huevos antes de cocinarlos?
Miguel Ángel Lurueña, doctor en Ciencia y Tecnología de Alimentos, ha dado la contestación en Twitter: los huevos no se lavan.
“No laves los huevos (son porosos)”, ha escrito en la red social, donde apunta que si están muy sucios lo mejor es limpiarlos con cuidado con un paño seco.  
“Si no quieres: manipula con precaución: ábrelos sobre un cuenco y cocina hasta que cuajen”, ha añadido. 
Lurueña subraya que si alguien se empeña en lavarlos lo mejor es hacerlo sólo justo antes de cocinarlos.
Es justo la misma recomendación que hace la Organización Interprofesional del Huevo y sus Productos: “Pueden lavarse, pero solo antes de su uso, nunca antes de guardarse”.
Ese organismo también advierte de que lo mejor es cascarlos en un sitio diferente del recipiente donde se baten, “para evitar que la contaminación de la cáscara pase a la parte comestible del huevo”.
Lurueña añade que el mejor sitio para guardarlos es la huevera dentro del frigo.

Cómo viajar con amigos cuando tenéis distintos presupuestos elhuffingtonpost

Ya se sabe que los viajes en grupo son una fuente de conflictos...

Por
Caroline Bologna

CAIAIMAGE/TOM MERTON VIA GETTY IMAGES
Viajar con amigos es una forma estupenda de escapar del estrés del día a día, establecer vínculos y crear recuerdos para toda la vida. No obstante, los viajes en grupo también som una fuente de conflictos, sobre todo si hay distintos presupuestos.

Aunque el dinero sea un problema evidente del que nadie quiere hablar, hay formas de aliviar las tensiones antes de que surjan. Por eso, la edición estadounidense del HuffPost se ha puesto en contacto con blogueros de viajes y otros expertos para conocer sus consejos en viajes de amigos con distintos presupuestos. Estas son sus recomendaciones:

Hablad de vuestro presupuesto antes del viaje
“A la hora de viajar con amigos con presupuestos diferentes, la comunicación es fundamental. Antes de empezar, hablad sobre vuestros respectivos planes de gastos, objetivos e ideas para ese viaje. Hablarlo con antelación evitará cualquier posible discusión y molestia que pueda surgir y permitirá que vuestro viaje tenga éxito”. ―Collette Stohler, presentadora de televisión y bloguera de viajes de Roamaroo.
“Creo que lo más importante que hay que recordar cuando viajas con amigos que tienen distintos presupuestos es hablar abiertamente de ello antes de reservar el viaje. Todo el mundo debería decir sin problema lo que se puede permitir y pactar el alojamiento, la comida, el recorrido, las actividades, etcétera, con antelación para estar seguros de que todos están de acuerdo”. ― Amber Primdahl, bloguera de viajes de She’s Catching Flights.

“A nadie le gusta hablar de dinero, pero si vas a compartir con tus amigos experiencias que sí que tienen precio, el tema del dinero va a salir, de modo que hay que afrontarlo sin rodeos. Merece la pena hablarlo con tus amigos”. ― Stephanie Be, bloguera de viajes de TravelBreak y fundadora de la aplicación móvil BUENA.

Decidid vuestras prioridades para ese viaje
“Creo que la clave es que todo el mundo comente las actividades que le gustaría hacer durante el viaje. Que todo el mundo comparta lo que quiere hacer sí o sí y lo que estaría dispuesto a aceptar. Así, los amigos con menos presupuesto no se encontrarán con sorpresas inesperadas y los amigos con más presupuesto podrán sugerir que hagáis cosas separados si hay una actividad cara que tienen muchas ganas de hacer”. ― Marek Bron, bloguero de viajes de Indie Traveller.

“Es necesario hablar de lo que todo el mundo espera de ese viaje. Conocer qué clase de actividades son importantes para el grupo hará que todo el mundo esté de acuerdo desde el principio. Debéis fijar un itinerario aproximado con las actividades que no queréis perderos y sus respectivos costes. A partir de ese momento, se puede establecer un presupuesto grupal. Luego se puede repetir el proceso con otros aspectos del viaje, como el alojamiento y el transporte”. ― Briona Lamback, bloguera de viajes y fundadora de la agencia You Me Travel Co.

Aprovechad las actividades gratuitas
“Planificad algunas actividades que sean baratas o gratuitas. Por ejemplo, id a ver alguna exposición de arte urbano o apuntaos a un tour guiado que funcione por donaciones. Utilizad el transporte público o caminad en vez de ir en taxi a todas partes”. ― Audrey Scott, experta en desarrollo turístico y cofundadora de Uncornered MarketC.

Utilizad y compartid puntos y promociones
“No hay nada más divertido que dormir en el mismo hotel con tus amigos, de modo que a menudo les ofrezco a mis amigos los puntos que acumulo para alojarnos en el mismo sitio mientras disfrutamos de la privacidad de nuestro propio espacio”. ― Christine Johnson, bloguera de viajes de My Traveling Kids.

“Me gusta utilizar vales de transporte o de alojamiento para reducir el coste de los viajes. Muchas veces los aprovecho para ayudar a amigos que van más justos de presupuesto. Esos puntos son una buena herramienta para ayudar a cualquier persona a viajar más por menos”. ― Mark Ostermann, editor jefe de Miles to Memories.

“Tal vez no tengas mucho dinero, pero puedes usar puntos de transporte o de alojamiento para ir de viaje con tus amigos. Quizás tengas que viajar con otra aerolínea o alojarte en otro hotel, pero aun así podrás hacer el viaje”. ― Jessica van Dop, especialista de viajes en las redes sociales y bloguera en The Dining Traveler.

Que no os dé reparo separaros en determinados momentos del viaje
“Estáis viajando juntos para tener esa experiencia compartida, pero recuerda que no tenéis por qué ser lapas. Por mucho que os guste permanecer unidos, estar a todas horas con una misma persona pone la relación bajo tensión, sobre todo si unos tienden a tener unos gustos caros que otros no se pueden permitir. No os interesa que el viaje se amargue, de modo que si algunos de verdad quieren hacer algo pero los demás no os lo podéis permitir, separaos”. ― Meg Jerrard, bloguera de viajes de Mapping Megan.

“Dejad claro con antelación que no estáis obligados a hacer todo juntos. Es mucho menos estresante cuando puedes rechazar una propuesta que se te sale del presupuesto y hacer algo que sí te puedes permitir. Además, de vez en cuando es una buena idea explorar los sitios por tu cuenta”. ― Alex Reynolds, bloguera de viajes de Lost With Purpose.

“Hace un par de años, cuando vivía y trabajaba en Tailandia, vinieron a visitarme y a viajar conmigo. Fue un poco complicado porque tenían un presupuesto muy holgado y yo miraba hasta el último céntimo. Conseguí que no hubiera ningún problema diciéndoles mi presupuesto antes de que empezaran a mirar actividades y pisos en Airbnb. También dejé que hicieran las actividades turísticas más caras por su cuenta con la excusa de que yo ‘podía hacerlo en cualquier otro momento’. Viajar con amigos durante varias semanas puede ser agotador, así que también es una buena excusa para tener un poco de tiempo para ti mismo”. ― Carrie Hoffman, nómada digital y cofundadora del retiro Bigger Life Adventures.

Reservad tiempo libre para estar solos
“Al planificar el itinerario, dejad hueco para que todo el mundo tenga tiempo libre para hacer sus cosas, ya sea relajarse en la piscina, ir de compras o aprovechar el happy hour de algún bar. Tampoco carguéis la agenda con demasiadas actividades, ya que provocará un estrés innecesario a todos por intentar cumplirla entera y acabará siendo un viaje precipitado en vez de una escapada relajante e inspiradora”. ― Isabel Leong, bloguera de viajes de Bel Around The World.

“Reserva tiempo libre cuando estés haciendo un viaje con tus amigos para que todo el mundo pueda hacer lo que quiera y con su propio presupuesto. De hecho, esta es una buena idea incluso cuando el presupuesto no supone ningún problema en el grupo”. ― Ostermann.
Organizad los gastos
“Utilizad Splitwise o alguna aplicación similar para dividir los gastos. Esta aplicación te ayuda a saber quién ha pagado qué y lleva la contabilidad a tiempo real en el grupo. Al final, os divide los gastos a partes iguales u os calcula lo que tiene que pagar cada uno en función del porcentaje que hayáis decidido que es justo”. ― La Carmina, bloguera de viajes y presentadora de televisión.

“WeTravel es una plataforma estupenda para planificar un viaje en grupo. Es una herramienta muy útil para comunicarse y fijar planes de gasto. La interfaz es muy sencilla de utilizar y me ha sido de mucha ayuda en los viajes grupales que he organizado”. ― Lamback.

“Si todo el grupo está de acuerdo, asignadle pagos o responsabilidades a una persona y al final del viaje calculad cuánto se le debe. Por ejemplo, cuando estaba en Tailandia con tres amigos, mi amiga compró una tarjeta WiFi para el móvil y la utilizamos para hacer llamadas y pagar los taxis. Al final del viaje, calculó cuánto habíamos gastado y dividimos el total. Esto nos ayudó a ahorrar, ya que solamente hubo que comprar una tarjeta y fue muy sencillo devolverle lo que le debíamos porque lo había pagado todo ella. De igual modo, en Laos, a la amiga que vivía en Tailandia no le cobraban comisiones en su tarjeta de crédito, así que pagó todos los cafés que tomamos. Después, le pagué en bahts tailandeses porque viviendo en Bangkok no tenía problemas para utilizar esa moneda”. ― La Carmina.
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Combinad momentos de gastar y momentos de ahorrar
“Escoged una o dos excursiones en las que vayáis a gastar dinero y pensad en cómo vais a hacer para ahorrar. Llevad vuestras bebidas a la piscina, comprad comida en los mercados locales en vez de ir a cenar a un sitio caro y utilizad una aplicación para hacer un tour sin gastar dinero. Saber que vais a ahorrar a lo largo del viaje os permitirá disfrutar de la experiencia sin sentiros culpables”. Johnson.

Pensad en la comida de forma estratégica
“Me he dado cuenta de que ayuda no comer juntos. La comida y la bebida puede consumir buena parte de tu presupuesto, de modo que si necesitas ahorrar, puedes ir a la tienda y cocinar mientras tus amigos con más presupuesto comen en un restaurante. Es una buena solución y siempre podéis acordar una o dos comidas juntos para que no te sientas al margen”. ― Claire Summers, bloguera de viajes de Claire’s Itchy Feet.

“Que no te asuste probar la comida callejera ni quedarte en un apartahotel o en un piso de Airbnb donde puedas hacerte tu propia comida. A mí me encanta probar la comida callejera cuando viajo porque a menudo es la más deliciosa, auténtica y barata que puedes encontrar. También cocino cuando viajo a lugares muy caros, como los países nórdicos, y ahorro un montón a la vez que como platos caseros deliciosos. Todo ventajas”. ― Diana Chen, bloguera de viajes de MVMT Blog.

No dividáis la cuenta a partes iguales
“Si viajas con un grupo en el que todo el mundo cuenta con distintos presupuestos, no hace falta que dividáis la cuenta a partes iguales. Si una persona se pide una ensalada y otra se pide el especial de langosta, no tenéis por qué pagar lo mismo. Simplificad las cosas: que cada uno pague lo suyo. Si vais a hacer un viaje en carretera o vais al supermercado, comprad la comida que cada uno se pueda permitir. Así los gastos se reparten de forma justa. Tener un presupuesto te permite gastar tanto o tan poco como te parezca bien. Así todo el mundo controla sus gastos y se evitan discusiones sobre dinero”. ― Victoria Yore, bloguera de viajes de Follow Me Away.

Considerad distintos tipos de alojamiento
“Alojaos en hostales. Muchas personas, sobre todo quienes tienen mucho presupuesto, tienden a espantarse al oír la palabra hostal, pero los hostales son una opción estupenda para amigos que viajan juntos con distintos presupuestos. Si tienes un grupo suficientemente grande de amigos, podéis alquilar una habitación entera para vosotros. Es muy barato, nadie tiene que dormir con desconocidos y os sentiréis como niños de quinto de primaria de excursión. Si no sois suficientes amigos para reservar una habitación entera, quienes tengan más presupuesto pueden alquilar una habitación para ellos y quienes tengan menos pueden optar por alquilar solamente una cama en una habitación compartida. Las habitaciones de los hostales pueden ser tan agradables como una habitación de 3 estrellas de un hotel y os permiten permanecer juntos a bajo coste, pero con todos los servicios básicos que buscáis”. ― Chen.

“Una forma de conseguir un muy buen alojamiento es alquilar una villa o una casa entera. Aunque el precio total parezca alto, normalmente podréis conseguir un alojamiento bien equipado que salga a buen precio cuando dividáis los gastos por cabeza. También os permite alojaros a todos juntos”.― Jessica Norah, bloguera de viajes de Independent Travel Cats.

“Abrid la mente a cambiar los tipos de alojamiento o los preparativos del viaje. No hace falta que todos los amigos reserven el mismo transporte para llegar al mismo lugar”. ― La Carmina

Pensad en vuestra amistad a largo plazo
“No seáis tacaños. Cuando vivía en Asia, quería que una de mis mejores amigas viniera conmigo de viaje a Tailandia. Ella vivía en San Francisco. Sabía que ella era la persona perfecta con la que hacer este viaje, pero no tenía suficiente presupuesto. Le ofrecí pagar el hotel si encontraba el modo de llegar a Tailandia. Utilizó sus puntos de avión y nos lo pasamos genial. Me devolvió el favor unos años después cuando empezó a cobrar más que yo”. ― van Dop.

Por qué engordar ha sido lo mejor que he hecho en mi vida elhuffingtonpost

Ya no tengo miedo. Soy libre. Eso merece mucho más la pena que ser delgada.

Por
Jamie Cattanach, Guest Writer

JAMIE CATTANACH

Es complicado saber cuándo mi dieta se convirtió en un trastorno, ya que llevo a régimen literalmente desde que tengo memoria, a los 8 años. Al haberme criado gorda, mi cuerpo siempre ha sido considerado un problema. Un proyecto que necesitaba solución, un problema que hacía que mis compañeros se burlaran de mí o me ignoraran y que mis médicos no me tomaran en serio o directamente se mofaran. (Cuando solo tenía 4 años, un pediatra les dijo a mis padres: “La próxima vez tendréis que traerla rodando”).

Cuando tenía veintipocos años, mi novio de entonces me dijo que no me estaba esforzando lo suficiente, que perder peso es una simple cuestión de meter menos calorías de las que salen. Como cualquier persona con problemas de peso puede confirmar, por no hablar de un número cada vez mayor de dietistas y médicos, perder peso no es tan simple. Ya había probado decenas de dietas y apuntaba mis recuentos de calorías, los consejos del programa Weight Watchers y mis complejos cálculos de carbohidratos en mis agendas. Sin embargo, redoblé mis esfuerzos y decidí adelgazar o morir en el intento.
Estuve más cerca de lo segundo que de lo primero.

Mi nueva “vida sana”, que me llevó a adelgazar 36 kilos y a ganarme los elogios de todo mi entorno, empezó a sofocarme: evitaba cualquier evento social que tuviera que ver con comida (o sea, todos), y palabras como desayuno o aperitivo me chirriaban en los oídos. Estaba siempre enfadada con el mundo, conmigo misma, con los demás y con toda la gente que podía comer y seguir con su vida sin que su cuerpo estuviera al borde de un precipicio. En las fotos posaba rígida, con media sonrisa y con miedo de mostrar aunque fuera dos centímetros de la grasa que ya no existía pero que yo aún me notaba en el espejo. Me aterrorizaba que alguien descubriera cómo había sido hasta ese día.

“Estaba siempre enfadada con el mundo, conmigo misma, con los demás y con toda la gente que podía comer y seguir con su vida”

La desesperación de tener miedo de una despensa llena es difícil de explicar a quienes no la comprenden. Las consecuencias del autodesprecio abarcan tanto que te motivan a negarte tus necesidades más básicas. Es vivir en un mundo en el que te dan miedo las fresas o los guisantes y las únicas noticias que te llegan al móvil tienen que ver con perder peso.

Y entonces, sufría el inevitable rebote, ese momento en el que pierdes el control y tu cuerpo, muerto de hambre, se atiborra de lo que tiene al alcance de la mano, que no era mucho en mi casa carbofóbica y obsesionada con los alimentos saludables. Una tarde de otoño del año pasado, llegué desesperada después de una caminata de 22 kilómetros con un desnivel de más de 1000 metros. Acabé sentada en la encimera de la cocina, ausente, engullendo una bolsa de cuarto de kilo de anacardos y comiendo crema de coco a cucharadas directamente del bote, sintiéndome como un animal, dándome cuenta de cómo se me estaba yendo de las manos.

Cuando publicaron mi blog sobre el adelgazamiento extremo en el HuffPost, ya me había puesto en contacto con una psicóloga. De visita en casa de mis padres por vacaciones y sentada en el coche de mi madre, a unos 2400 kilómetros de la psicóloga, llamé para pedir cita como si nada. La noche anterior, me había colado en la habitación de mis padres y había abierto una de las tres cajas de chocolatinas que guardaban mis padres como regalos de emergencia para Navidad. Procedí a chupar todas las chocolatinas y luego escupirlas de vuelta en la caja, con cuidado de quitarme todo el azúcar y la grasa de la lengua.

E hice lo mismo con la siguiente caja. Y después, lo mismo con la tercera.

“Quería terminar con mi trastorno alimentario sin hacer ningún cambio, defender la aceptación de todos los cuerpos pero sin tener que vivir en mi cuerpo”

En nuestra primera sesión, mi psicóloga y yo nos sentamos una frente a la otra mientras leía mis papeles. Había marcado ejercicio compulsivo e ingesta compulsiva en la lista de síntomas, pero había suavizado el golpe escribiendo en el recuadro de motivo de la visita: “Problemas de alimentación. Soy humana”. Intenté convencerme a mí misma y a mis seres queridos de que era un propósito de año nuevo. Además, mi nuevo seguro médico lo cubría, así que ¿por qué no?

Estaba completamente desesperada.

“Comprendo”, dijo y levantó la vista de los documentos para hacer contacto visual conmigo después de haber leído con atención y haber asentido en silencio durante varios minutos. “Problemas con la comida”.

“Problemas con la comida”, confirmé. Esperé a que me dijera el consejo mágico que acabaría para siempre con mis atracones. Así, por fin podría deshacerme de esos ”últimos” 4 kilos y dejar de preocuparme por mi peso. Si todo iba bien, en media hora ya podríamos dar por concluida la consulta.

En vez de eso, me sonrió con paciencia cuando empecé a contarle la cantidad de calorías que me veía incapaz de reducir, pese a mi rutina de dos horas de ejercicio diario. Esperaba que su rostro hiciera alguna mueca al contarle esas cifras, que me juzgara y pusiera cara de preocupación, pero no lo hizo. Me preguntó: ”¿Y si empiezas a pensar en la comida en función de lo saciada que estás y no de las calorías que tiene?”.

“Quería que los médicos me siguieran felicitando como hacían cada vez que me presentaba en su consulta un poco más delgada”

Se me escapó una sonrisa y contuve una mofa. Ya tenía muy interiorizado y memorizado el conteo de calorías. Aunque borrara mi calculadora de calorías, seguiría viendo el brócoli, las almendras y los cruasanes como columnas de números verdes al estilo de Matrix.

Una o dos sesiones después, tremendamente avergonzada por mi cuerpo no suficientemente delgado, me preguntó: ”¿De qué tienes tanto miedo? ¿Qué te pasaría si, en el peor de los casos, volvieras a recuperar todos esos kilos?”.

Mi respuesta fue inmediata, intuitiva, tan sencilla como decir mi nombre.

Significaría que era un fracaso.

Acepté el reto intelectual de comer de forma intuitiva mucho antes de aceptar mi propia gordofobia, escuchando podcast de positividad corporal como She’s All Fat y Trust Your Body Project mientras seguía machacándome en el gimnasio. Quería tomarme mi pastel pero también quería rechazarlo. Quería terminar con mi trastorno alimentario sin hacer ningún cambio, defender la aceptación de todos los cuerpos pero sin tener que vivir en mi cuerpo.

Al fin y al cabo, he pasado los últimos 10 años enterrando mi versión más gorda y luciendo como si fuera una medalla el cuerpo que tanto trabajo me ha costado conseguir. Claro que quería mantener ese cuerpo. Quería que la gente se siguiera fijando en mí, quería seguir recibiendo la atención que tanto había deseado de adolescente y que al final había llegado a los 22 años. Siendo delgada, recibía atención por todas partes, ubicua, tóxica y siempre sorprendente.

“Si quería librarme de la cárcel en la que yo misma me había metido, si quería tener de verdad una relación sana con la comida, tenía que dejar las dietas para siempre”

No me invitaron al baile de graduación, pero monté de paquete en una moto, sujeta a la espalda de un desconocido en un país extranjero, para ir a una fiesta en la playa donde no dejaban de servirme bebidas gratis. También froté mi “nuevo” cuerpo contra el de incontables hombres en las dicotecas. Uno de ellos acercó sus labios a mi oreja para decirme: “Estás muy buena. Tenía que decírtelo, pero no quería que tu novio se enfadara”, y más tarde le dio la mano a ese novio.

Quería que los médicos me siguieran felicitando como hacían cada vez que me presentaba en su consulta un poco más delgada. Quería creer que mi ritmo cardíaco lento y mi tensión reducida fuera el resultado de mi actividad física, no de la anorexia.

Aún seguía saltándome el desayuno para “compensar” los excesos de la cena anterior e interpretaba mi hambre como una promesa, una recompensa. Seguía renunciando a todo salvo al trocito de pan que iba a comprar en plena nevada. Pero al final me di cuenta de que si quería librarme de la cárcel en la que yo misma me había metido, si quería tener de verdad una relación sana con la comida, tenía que dejar las dietas para siempre.

Tuve que ver cómo mi cuerpo volvía a ser blando y cómo mi belleza convencional se desvanecía en el espejo. Tuve que empezar a mirar dos veces el agua del váter cuando recuperé la regla después de tres años enteros. Nunca he parecido una persona con un trastorno alimentario, de modo que mis médicos nunca me hicieron preguntas al respecto, ni siquiera cuando esa falta de menstruación venía acompañada de otros indicios claros: hipotensión, fracturas por estrés y sensación de frío constante.

“Mi cuerpo ahora es más grande, sí, pero también está menos desesperado. Estamos aprendiendo a confiar el uno en el otro”

Tuve que volver a ganar peso. Tenía que recuperar mi cuerpo.

Mi cuerpo ahora es más grande, sí, pero también está menos desesperado. Estamos aprendiendo a confiar el uno en el otro.

El desenfreno con el que antes comía los alimentos que me había estado restringiendo ha decaído. La mayoría de los días, mis comidas consisten en alimentos frescos e integrales: frutas y frutos secos, verduras al horno, muslos de pollo, queso. También un bollo ocasional de arándano y un café con crema de leche.

Como ahora sé que puedo comer lo que quiera y donde quiera, la comida ya no me supone un problema. Puedo pasar frente al escaparate de una bollería o por el pasillo de dulces de Halloween en el súper sin sentir ansias, rabia ni remordimientos. Puedo comprar un bote de medio kilo de bombones de mantequilla de cacahuete y chocolate negro y olvidarme de que lo tengo en el armario.

No voy a fingir que ya estoy recuperada del todo del grave problema de imagen corporal que he sufrido toda mi vida. Todo el mundo sufre la cultura de la dieta, independientemente de la claridad que tenga para ver más allá de su mensaje problemático e independientemente de su talla. Sé que a ti también te pasa, lector, porque después de publicar mi anterior blog en el HuffPost, se me llenó el chat con mensajes de yo también de personas que se sintieron identificadas.

“La cultura de la dieta hace que una parte de mí siga pensando que cuanto más delgada esté, más 'real' será mi cuerpo”

He vuelto a ver fotos mías en Instagram de cuando era una chica muerta de hambre que en todo momento pensó que era demasiado gorda. He tenido esa horrible reflexión: Ojalá hubieras sido consciente de lo que tenías.

La cultura de la dieta hace que una parte de mí siga pensando que cuanto más delgada esté, más “real” será mi cuerpo, pese a que he pasado muchos menos años siendo delgada que siendo rechoncha, y pese a que estar delgada tuvo un astronómico coste físico y emocional. Sin embargo, cada vez más, miro esas fotos y veo algo diferente: lo aterrorizada que estaba esa chica. Y desesperada. Y sola.

Si el mero hecho de engordar te asusta, confía en mí, he estado en tu lugar. Incluso lo dije en mi anterior blog: me gustaba mi trastorno alimentario. Hace un año, leer un artículo como este me habría disparado la adrenalina. Engordar era un absoluto fracaso. No era una opción.

Sin embargo, ahora puedo asegurar que es mucho mejor estar al otro lado: la ausencia de pánico cuando un amigo me propone salir a cenar; el tacto de las manos de alguien que me quiere tal y como soy; la capacidad de comer solo un bol de helado y no el cubo entero sin sentir las ansias de antes por engullir hasta la última migaja del plato.

Ya no tengo miedo. Soy libre. Eso merece mucho más la pena que ser delgada.

Si te has sentido identificado con estas palabras, tampoco tienes que vivir con miedo. Te lo mereces. Te mereces alimentarte. Te mereces ocupar tu espacio.

Sé que da miedo. Es lo más aterrador que he hecho en mi vida, pero lo prometo, no solo ganarás peso, ganarás muchas otras cosas.

Historia de una alpargata granadahoy.com

PABLO ALCÁZAR

Desde la Antigüedad, los mayores han tenido que recurrir a ciertos métodos represivos para domesticar a la juventud

Educar / encauzar / adecuar / conformar / encuadrar / domesticar / integrar / incorporar / a los jóvenes ha sido de siempre una de las preocupaciones de los mayores. Los apuros que sufren hoy los mayores para contener la enérgica espontaneidad de la juventud asoman también en escritos de hace 4.000 años. En una inscripción caldea, se lee: "Nuestra juventud es decadente e indisciplinada, los jóvenes ya no escuchan los consejos de los viejos, el fin de los tiempos está cerca". Los instrumentos que los mayores han utilizado para meter a los jóvenes en cintura han sido variados. En el Museo Arqueológico Nacional de Taranto (MARTA) hay una vasija griega de hace 2.300 años en la que un pintor anónimo dibujó a Afrodita a punto de golpear a su niño Eros con una sandalia. En la Villa de los Misterios de Pompeya, una madre apoya a la maestra que obliga a leer a un niño desnudo, cogiéndolo por una oreja. Mi madre utilizó como último recurso pedagógico una olla de aluminio el día en que yo acabé con su paciencia. La cacerola tiene un bollo que se corresponde exactamente con una protuberancia de mi cráneo. La alpargata también se usaba entonces. Afortunadamente, mi generación renunció a los castigos físicos y, equivocadamente, desterró el "no" de su programa educativo. Y, equivocadamente también, renunció a inculcar en los hijos un principio de realidad básico: no se puede tener todo. Hay que repartir. Los bienes son limitados y hay que esforzarse para obtenerlos. Las generaciones actuales no sólo han renunciado a decirles que no a sus hijos sino que presionan a la Escuela para que les dé títulos y calificaciones sin esfuerzo, en una interpretación espuria de la educación para todos, propiciada por los poderes públicos. Algunos hasta maltratan a los profesores "exigentes". Los chicos catalanes que se enfrentan violentamente a la policía son el producto de esa no educación. Los padres y los aprovechados políticos independentistas, en lugar de enseñar a sus vástagos que, si te enfrentas a los antidisturbios, te puede caer una hostia, presionan a la policía para que aguanten la violencia juvenil impasible, sin rechistar y sin molestar demasiado a los niños zangolotinos. Nada de alpargatas, los Mossos d'Escuadra, en lugar de pelotas de goma, tendrían que cargar sus fusiles con huevos kínder rellenos de helados o miel.

Un estudio revela que los bebés de las UCI están expuestos a plásticos tóxicos granadahoy.com

  • El catedrático Nicolás Olea y su equipo analizan 50 productos utilizados en las unidades de cuidados intensivos, desde sondas de plástico a protectores de colchón
  • La UE prohibió hace años la presencia de bisfenol A en los biberones por ser una sustancia dañina para los bebés
Nicolás Olea y su equipo. R. G.

En junio de 2011 la Unión Europea prohibía definitivamente la presencia del ya famoso bisfenol A (BPA) en los biberones por considerarlo dañino para la salud de los bebés. Aquella medida radical tuvo como sostén científico la línea de trabajo seguida por el catedrático de la Universidad de Granada y médico en el Hospital San Cecilio  Nicolás Olea. Ahora, el investigador y su equipo publican un nuevo trabajo en el que determinan la presencia de bisfenol A y parabenos en pomadas, apósitos, guantes estériles, catéter, tubos de alimentación y otros elementos utilizados en las unidades hospitalarias de cuidados intensivos neonatales (UCIN).
Esta investigación se ha desarrollado con investigadores de los hospitales Virgen de las Nieves, San Cecilio, UGR, Centro de Investigación Biomédica (CIBM) y del Instituto de Investigación Biosanitaria (ibs.Granada) y ha contado con la financiación del Instituto de Salud Carlos III y la Unión Europea a través de Horizonte 2020.
El trabajo publicado en la revista Environmetantal Health Perspectives, la "más prestigiosa del mundo en el ámbito de la salud y medioambiente", indican desde la Universidad de Granada. Se han analizado 50 elementos habituales en los protocolos que se siguen en las UCIN hospitalarias, desde protectores de colchón a máscaras, desde sondas a tubos endotraqueales. Estos elementos "entran en contacto íntimo con los recién nacidos".
En las UCI de neonatos los bebés ingresados suelen tener muy bajo peso. R. G.
En las UCI neonatales los bebés son de "muy bajo peso". En este estudio, se ha analizado la unidad de cuidados intensivos de neonatos y la población de recién nacidos del Virgen de las Nieves. "Se les está haciendo un seguimiento a esos niños" y los resultados de ese seguimiento darán a luz un nuevo artículo científico, adelanta el catedrático de de Radiología y Medicina Física.
El objetivo de estas investigaciones es "ir sustituyendo" aquellos elementos que se demuestre que tienen altos niveles de bisfenol A y parabenes por otros que mitiguen el riesgo de exposición a estos elementos en las primeras semanas de vida de estos bebés. "Se trata de una población especialmente sensible y hay que ser, si cabe, más cuidadoso", añade el investigador.
"La idea es establecer cuáles son los mejores" a utilizar en los centros hospitalarios, señala Olea, que recuerda que los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por su equipo en 1994 alumbraron la prohibición de la presencia de BPA en biberones en la Unión Europea.
El trabajo ha determinado que el 60% de los objetos o productos seleccionados resultaron contener BPA, mientras que los PBs estaban presentes en el 80% de los ítems. El mayor contenido de BPA se encontró en la llave de tres vías (>7.000ng/g), seguido del apósito de película transparente estampado (esparadrapo), el tubo de alimentación gastro-duodenal, los guantes estériles para uso de los profesionales, el catéter umbilical y el conjunto de extensión de perfusión intravenosa (concentraciones de BPA de entre 100 y 700ng/g).
Los investigadores observaron también unas concentraciones elevadas de PBs, superiores a 100ng/g en varios elementos, como las gafas de protección de la fototerapia para el bebé, el apósito de película transparente estampado (esparadrapo), el catéter intravenoso, y el juego de extensión de perfusión intravenosa.
"Cuando analizaron la actividad hormonal de los extractos de los materiales seleccionados, en ensayos de estrogenicidad y anti-androgenicidad, los que más actividad hormonal mostraron fueron el chupete, la llave de tres vías y el apósito de película transparente estampado", indica la UGR en una nota de prensa.
Se han analizado 50 elementos que se emplean en UCI pediátricas. R. G.
Los recién nacidos con bajo peso al nacer requieren un entorno de cuidados complejos en una UCIN, que trata de simular las condiciones uterinas hasta el correcto desarrollo de la piel inmadura y del funcionamiento de los sistemas gastrointestinal, inmune, nervioso y respiratorio.
En este medio hospitalario los recién nacidos se someten a múltiples técnicas y procedimientos que incluyen instrumentos y dispositivos médicos que entran en contacto íntimo con su cuerpo, muchos de los cuales están hechos del plástico policarbonato, de resinas epoxi o de PVC, en los que sustancias como el BPA forma parte de su estructura o ha sido añadido para mejorar las características del producto.
“Además, los parabenos se incluyen como componentes de algunos plásticos como conservantes y antimicrobianos. Se utilizan también en cosméticos, así como en otros artículos de consumo. Tanto BPA como PBs puede desprenderse durante el empleo de estos materiales, ya sea por desgaste del polímero plástico o por el sometimiento a condiciones de pH y temperatura favorables para su liberación”, advierte el catedrático de la UGR.

Trabajos previos

Hasta la fecha, sólo dos estudios habían abordado la exposición de neonatos en UCIN a estos compuestos químicos, y en ambos estudios se mostró un aumento en las concentraciones de BPA en la orina de los niños, relacionada con una mayor frecuencia e intensidad en la utilización de estos dispositivos médicos; alcanzándose valores de hasta 30 veces superiores respecto a los encontrados en la población general.
También se han descrito niveles más altos de PBs en los recién nacidos hospitalizados en relación con un mayor uso de medicamentos, aunque no se han identificado cuales eran otras posibles fuentes de exposición como ha ocurrido en el artículo que ahora se publica.
Olea, con un protector de colchón de los que se emplean en las unidades para neonatos. R. G
Los autores señalan que es urgente implementar medidas preventivas de la exposición a estos compuestos, disruptores endocrinos, BPA y PBs, que incluyan tanto cambios de protocolos clínicos como uso de materiales libres de disruptores endocrinos.
No en vano, los autores de esta investigación están desarrollando en la actualidad nuevos protocolos de trabajo y nuevos procedimientos que pretenden disminuir la exposición de los niños a estos y otros factores medioambientales en los que se desenvuelven las primeras semanas de vida de los recién nacidos durante la estancia en el hospital, que pudieran interferir con su normal desarrollo.