martes, 24 de enero de 2017

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JOSÉ IGNACIO RUFINO

Los notarios no asumen ninguna negligencia o error con las cláusulas suelo

Un acuerdo entre dos partes va a misa, y si escriben sus términos y firmas en una servilleta de papel de una venta de carretera, con lamparones en vez de timbres y sellos, también se considera "perfeccionado". Con mayor o menor forma, las partes acuerdan algo: una compraventa de borregas, un matrimonio, un taller de mindfulness en la sierra o la hipoteca de un piso en la playa. O sea, que quienes algo contratan están enterados -es una suposición- de lo que firman y a lo que se comprometen. Con las cláusulas suelo sucedía eso; a ningún hipotecado se le ponía un revólver en la sien para que firmara el contrato, aunque éste contuviera una cláusula ventajista. Que era abusiva lo reconoció de manera pusilánime nuestro Tribunal Supremo, y lo reconoce ya sin ambages el tribunal superior europeo competente: menos mal que nos queda Bruselás (con permiso de Siniestro Total). Sobre la libertad de firmar el contrato y la obligación de cumplir cada parte sus compromisos solemos escuchar los argumentos severos de quienes no firmaron hipoteca ninguna, ya que la amortizaron o, sencillamente, heredaron bien: "No haberlo firmado, ya eres mayorcito: ahora, a pagar". O a ser desahuciado pero mantener la roncha, quizá con traspasomortis causa a tus herederos.
Todo ello sucedió con ciertas connivencias más o menos justificables. De las palmas con las que te jaleaba tu propio banco para darte una hipoteca sin problema, con coche nuevo, romería tutiplén o crucero sandunguero incluido. Con los mensajes también estimulantes de los gobernantes y conspicuos analistas, ¡ay, qué de patinazos ilustrados! Y con los de los propios notarios que daban fe pública de que a su pulquérrimo despacho acudieron dos partes libremente para estampar sus rúbricas en los documentos que él también firmaba, por pares cada día. Ayer leíamos en este periódico una frase autoindulgente y muy corporativa del decano de los notarios andaluces: "Los notarios no cometimos ninguna irregularidad en las cláusulas suelo". Su papel, ya vemos, no es el de hacer ver a una persona no formada financieramente (el 90% de la población, aventuramos) que va a firmar algo que puede costarle diez mil euros más de lo que debería costarle. Que de ellos, cabe colegir, no debemos esperar ese tipo de advertencias. Su oficio es otro. Un menester que parece que ve la luz al final del túnel de la Gran Recesión: las hipotecas, ya sin cláusula suelo, han repuntado un promisorio 13% en el último año.

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