domingo, 30 de agosto de 2015

La muerte de Lorca: del miedo al enigma granadahoy.com

Marta Osorio publica un nuevo libro sobre la correspondencia entre Penón y Emilia Llanos Abre la posibilidad de que el cuerpo fuera trasladado de la fosa donde los testigos escucharon disparos
JUAN LUIS TAPIA 

FEDERICO caminó hacia un olivo, estaba ya muy cerca del árbol cuando sonó el primer disparo. Federico dio unos cuantos pasos tambaleándose y a punto de caer se abrazó al olivo y volviendo la cabeza en un movimiento violento hacia sus verdugos, los miró con fiera y reprobadora acusación. No murió inmediatamente, la sangre le corría por la cara pero su enorme vitalidad le hacía intentar levantarse una y otra vez estando ya herido de muerte. Vivió lo bastante para sentirse morir. Después lo remataron con una nueva ráfaga de disparos. Dejaron su cuerpo allí mismo, donde había caído, debajo del olivo, hasta que otros presos cavaran su fosa. Le enterraron debajo del mismo olivo, o quizás cerca de una piedra. Días después, dándose cuenta las autoridades del revuelo que esta muerte había causado, vino una orden probablemente del Gobierno Civil, para que el cuerpo de García Lorca fuera desenterrado y trasladado a una de las pozas, una fosa común donde ya había sepultadas treinta víctimas más. El comentario que se hizo a esta orden fue: "Vamos a ver si ahora son capaces de encontrarlo". 

Este es el testimonio que le ofreció a Emilia Llanos, amiga de Federico García Lorca, el que fuera alcalde franquista de Granada y director de Bellas Artes en 1955, Antonio Gallego Burín, y que recogiera el investigador lorquiano Agustín Penón. La escritora granadina Marta Osorio fue la depositaria de toda la documentación de este misterioso personaje, un legado que transformó en un libro aparecido hace ya catorce años en Editorial Comares, Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca. Lo más importante del voluminoso libro confeccionado con los papeles contenidos en la maleta de Penón dejada a Marta Osorio era la confirmación de que el cadáver de Federico García Lorca fue desenterrado y trasladado a una fosa común, próxima al lugar del fusilamiento, para evitar que fuera encontrado por las tropas republicanas. 

Antonio Gallego Burín, según escribió el investigador estadounidense, «afirmó que quien contó, con gran orgullo, esta versión de la muerte de Federico, fue uno de los que intervinieron directamente en el fusilamiento». Esta versión de la exhumación también le sería confirmada a Agustín Penón por Antonio Gallego Morell, hijo de Gallego Burín, "quien me dijo entonces y que yo apunté -indicó el escritor-, fue lo siguiente: que el lugar de la tumba de Federico en Víznar había sido cambiado por orden de las autoridades, que temiendo las consecuencias de aquel asesinato cuando embajadas de otros países y sociedades internacionales empezaron a indagar el paradero de García Lorca, decidieron ocultarlo para impedir que pudiera convertirse en un arma propagandística de enorme valor para el bando republicano". 

Catorce años después de la publicación del hallazgo de Penón, aparece en la misma editorial y también firmado por Marta Osorio el título El enigma de una muerte. Crónica comentada de la correspondencia entreAgustín Penón y Emilia Llanos. Este libro se presenta como complemento de la primera obra y luce en sus promocionales la 'novedad' de que arroja luz sobre el crimen: la posibilidad de que el cuerpo fuera trasladado de la fosa donde los testigos señalaron como el lugar de los disparos. Emilia Llanos confirma en una de sus cartas a Penón el testimonio que le ofreció Gallego Burín. Las cartas publicadas por Marta Osorio evidencian la voluntad de Penón de comprar los terrenos y Llanos le advierte en marzo de 1957 que la finca ha sido puesta a la venta. Dos meses más tarde, desisten de la idea. "Tenemos que dejarlo por ahora, no es oportuno", escribe la amiga del poeta. Otros dos meses más tarde Llanos le revela a Penón el porqué de sus reparos: "El que estaba allí ya no está. ¿Comprendes? Hace mucho tiempo se supone que está en Madrid con la familia. Eso me ha contado una persona enterada". Después de que Penón le interrogue sobre la fiabilidad de la fuente, Llanos mantiene en secreto su identidad : "Una alta persona", contesta. "Sí, el sitio fue en los olivos, después lo cambiaron de sitio", concluye Llanos. Todo apunta a que la 'persona enterada' era el mismo Gallego Burín. 

Agustín Penón (Barcelona, 1920-San José de Costa Rica, 1976) continúa siendo un personaje rodeado de misterio. Su llegada a Granada en 1955, con pasaporte estadounidense, coincide prácticamente con las maniobras del régimen franquista para restablecer relaciones con Estados Unidos, en plena antesala de la 'Guerra fría', y con García Lorca como símbolo del crimen más 'internacional' cometido por el régimen de Francisco Franco. Penón fue el primero que, tras Gerald Brenan, indagó en las circunstancias del asesinato de Federico. El escritor, quien emigró con su familia a Estados Unidos durante la guerra civil, se convirtió junto a su amigo y compañero el director teatral William Layton en un autor de éxito de seriales radiofónicos. Un viaje a España, en principio vacacional, le sirvió en 1955 para ir tras la huella de un García Lorca venerado durante su juventud. 

Se eligieron las palabras 'miedo, olvido y fantasía' como subtítulo del libro, porque fueron las tres emociones a las que Penón tuvo que enfrentarse durante su investigación. Habría que añadir la palabra silencio, porque eso fue lo que se encontró Penón en la Granada de los cincuenta. No obstante, dada su nacionalidad estadounidense, pudo entrevistarse con numerosos personajes como Luis Rosales, José Rosales, José Martín Recuerda, Antonio Gallego Morell, Manuel Castilla Blanco, Ramón Ruiz Alonso, José Jover Tripaldi, y la citada Emilia Llanos, entre otros muchos, y recoger sus 'confesiones'. Penón llegó incluso a conseguir algunos inéditos de Federico. La investigación se prolongó durante dieciocho meses, en los que se creó en torno a Penón cierta leyenda infundada, como la que señaló su pertenencia a la CIA. Penón regresa a Estados Unidos, a Nueva York, y vive separado de Layton. 

En 1976, días antes de su muerte, ocurrida repentinamente en Costa Rica, envía a William Layton, quien se encontraba en Barcelona, un paquete y una nota: «Si me pasa algo, quiero que esto quede en tus manos». Eran los manuscritos inéditos de García Lorca y el acta de defunción del poeta. Meses después de la muerte de Agustín, le llegaría a Layton una maleta con toda la documentación lorquiana, que finalmente heredó Marta Osorio. Penón fue el primero que documentó a través de fotografías y del testimonio de Manuel Castilla, Manolo 'El comunista', el enterrador de García Lorca, el lugar exacto del asesinato del poeta. La principal aportación del estudio de Penón, entre otras muchas, es que señaló en su investigación que a Federico lo sacaron de aquella fosa cuando se supo de las protestas internacionales sobre su muerte y lo trasladaron del lugar marcado por Castilla a una de las fosas cercanas a la Fuente de las Lágrimas.

Esta hipótesis coincide con la ofrecida en un libro póstumo del granadino Federico Molina Fajardo. Agustín Penón no consiguió hablar con quienes formaron parte del pelotón de fusilamiento, pero sí vio la fotografía de Manuel Castilla con el resto de los enterradores, entre ellos Labella y Rubio Callejón, dos diputados que también fueron fusilados. Marta Osorio recogió en su libro la entrevista que Agustín Penón mantuvo con Ramón Ruiz Alonso, el miembro de la CEDA que detuvo a García Lorca en casa de la familia falangista de los Rosales. 

Penón fue el primer investigador que habló con este personaje, quien culpó de la muerte del poeta al teniente coronel Velasco de la Guardia Civil. La paradoja, según cuenta Penón, es que en las estanterías de Ramón Ruiz Alonso relucía el lomo dorado de las obras completas de Federico García Lorca. Cada uno de los testimonios que recogió Penón da una versión particular de unos hechos, de los que la gran mayoría se exculpan. "Me pregunto si existe alguna manera eficaz de llegar al fondo de este asesinato. No, creo que no lo hay. El secreto de esta muerte se irá a la tumba con los pocos que lo conocen. Permanece enterrado ya bajo una enorme montaña de culpabilidad y de miedo. Un miedo que lo contagia todo, también yo lo siento ahora avanzar sigilosamente dentro de mí…", dijo Agustín Penón a los pocos días de llegar a Granada en 1955.

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